Efesios 5,21-33El texto de hoy es sugerente, parece gustar y disgustar, agradar y enfadar al mismo tiempo. Como siempre, os pido que intentéis leerlo con los ojos de un ciudadano del imperio romano de hace veinte siglos, y no con nuestras gafas culturales. Ahí va el texto, es un poco largo:
21 Guardaos mutuamente respeto en atención a Cristo. 22 Que las mujeres respeten a sus maridos como si se tratase del Señor; 23 pues el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y al mismo tiempo salvador del cuerpo, que es la Iglesia. 24 Y como la Iglesia es dócil a Cristo, así también deben serlo plenamente las mujeres a sus maridos.
25 Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella 26 para consagrarla a Dios, purificándola por medio del agua y la palabra. 27 Se prepararó así una Iglesia esplendorosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida; una Iglesia santa e inmaculada. 28 Igualmente, los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama; 29 pues nadie odia su propio cuerpo, antes bien lo alimenta y lo cuida como hace Cristo con su Iglesia; 30 que es su cuerpo, del cual nosotros somos miembros.
Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y llegarán a ser los dos uno solo.
Gran misterio éste, que yo relaciono con la unión de Cristo y de la Iglesia. En resumen, que cada uno ame a su mujer como se ama a sí mismo, y que la mujer respete al marido.
¡Pero cómo! ¿La mujer no debe amar al marido? ¿Sólo respetarlo?
Vayamos por partes. Ante todo, recordar que la carta a los Efesios no está muy claro si la escribió Pablo o algún discípulo suyo en su nombre más tarde. De todos modos, vamos a comentar un poco este texto.
Como habéis podido ver, mezcla varios temas: el matrimonio y la relación de Cristo con la comunidad de los cristianos, esto hay que tenerlo en cuenta porque quizá el mensaje que más le interesaba a Pablo (o a su discípulo) no sea aquello que a nosotros nos resulta más vistoso.
Dicho esto, recordar también que en el siglo primero la sociedad entera discriminaba a las mujeres, de forma que decir a las mujeres que "respetasen a los maridos" era lo más normal del mundo. Pero, por otra parte, Pablo o su discípulo está diciendo aquí un bombazo contra cierta cultura griega: amar a la propia mujer es, para empezar, considerarla digna de ser amada (el verbo utilizado aquí no es "erao", que incluye una perspectiva más pasional, sino "agapao", que sitúa a los que se aman en un cierto nivel de mayor igualdad). Y segundo bombazo: de todas las formas imaginables de amar, para nuestro autor sólo vale una: la de dar la vida, toda entera, hasta la última gota de sangre, por la persona amada. Pues así, y no de otra manera, es como cree Pablo o su discípulo que los hombres deben amar a sus mujeres; y no valen rebajas de enero ni ofertas de dos por uno.
No os pido que estéis de acuerdo conmigo, pero me da la impresión de que difícilmente un misógino (recordemos: "Que odia a las mujeres, manifiesta aversión hacia ellas o rehuye su trato") o su discípulo pensaría de esta manera.
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