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lunes, 20 de septiembre de 2010

Nueva página www.bibliayvida.com

Os anuncio por fin el nuevo formato de la web www.bibliayvida.com.

Todo el contenido sigue estando presente, incluyendo los comentarios que hacen tan interesante esta web con debates muy sugerentes de la mano de las lectoras y lectores.

Además, a partir de ahora, www.bibliayvida.com se compromete a ofrecer el comentario al evangelio del domingo el lunes anterior, para que pueda ser útil a quienes necesiten reflexionar el texto antes del fin de semana.

A partir de ahora este blog, que está hospedado en blogspot, queda obsoleto. Así que si tenías en tus favoritos la dirección antigua (javimat.blogspot.com), puedes cambiarla ya a www.bibliayvida.com. Perdemos por un lado la pestaña de "seguidores" de google; sin embargo en la nueva página cualquiera tiene la posibilidad de registrarse para identificarse, si quiere, en sus comentarios.

Gracias a todos los que habéis colaborado en hacerla más atractiva. Especialmente a Estelwen y a Andrómeda74, que han aportado sus opiniones y sugerencias. ¡Nos seguimos leyendo en la nueva web!

El pobre Lázaro y el rico

[Evangelio del domingo, 26 sep 2010].

Lucas 16, 19-31:

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
—Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse con lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba; y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.
»Sucedió que se murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Se murió también el rico y lo enterraron; y estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abraham y a Lázaro en su seno y gritó:
»—¡Padre Abraham! Ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.
»Pero Abraham le contestó:
»—Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.
»El rico insistió:
»—Te ruego entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.
»Abraham le dice:
»—Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen.
»El rico contestó:
»—No, padre Abraham. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.
»Abraham le dijo:
»—Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

El evangelio de Lucas nos regala unas cuantas parábolas de gran riqueza. La de hoy tiene aspectos fáciles de captar, pero también algunos matices no tan claros.
La presentación de los personajes es directa como suele ser en las parábolas: un rico y un pobre. De cada uno se dicen en pocas palabras los rasgos que los definen: el rico era muy rico, como demuestran sus vestidos lujosos y sus banquetes constantes; el pobre estaba también enfermo y hasta los perros –animales impuros y poco apreciados en oriente–, se le acercan.
Hay que fijarse en el dato –evidente, aunque no explícito–, del egoísmo del rico en contraste con la facilidad que tenía para darle algo al pobre. Si banqueteaba cada día y el pobre estaba en su propio portal, no le costaba nada dejarle la migajas.

Para redondear el contraste, Lucas le da un nombre al pobre, pero se lo niega al rico. Hoy conocemos la parábola como la del «rico Epulón y el pobre Lázaro», porque más tarde se le «puso» un nombre, pero Lucas ha querido, con toda su intención de historiador insolente, hacer todo lo contrario de lo que ha hecho –y hace– casi siempre la Historia: ponerle nombres a los ricos y no a los pobres. «Lázaro», además, significa «Dios ayuda» en hebreo. Aunque parezca un nombre poco apropiado para un pobre mendigo enfermo, lo es si consideramos su vida «entera», es decir, incluyendo también el consuelo que recibe junto a Abraham.

La muerte de ambos personajes marca contrastes. Lázaro es llevado por los ángeles, que en aquella época la religiosidad popular (judía y griega) consideraba «guías de los muertos». En cambio, del rico sólo se dice con frialdad que «fue sepultado». Muy gráfico: uno para arriba y el otro para abajo.

En la otra vida encontramos al rico pidiendo menos de lo que pedía Lázaro. Si el pobre había deseado las migajas, ahora el rico tan sólo anhela una mísera gota de agua. Abraham le plantea que tuvo oportunidad en su vida de tomar opciones, pero que ya no la tiene; esto lo expresa el abismo que nadie puede cruzar. Y además le recuerda los bienes abundantes que recibió en vida. Lo que Abraham no dice –aunque sigue siendo evidente–, es que Lázaro recibió los males precisamente por el egoísmo del rico. La frase de Abraham fuera de contexto suena muy mal: «Si sufres en la vida vas al cielo, si disfrutas de la vida, al infierno». Es una pena que se haya interpretado así más de una vez el mensaje cristiano, como si Jesús quisiese hacernos a todos unos amargados. Nada de eso, sólo que Lucas aquí ha dejado bastante claro para el lector inteligente que el rico era realmente un egoísta.

En este momento el rico sufre una transformación; por primera vez piensa en alguien distinto de él: en su familia. Esto no lo convierte de repente en un santo, pero creo que hay que subrayarlo. Lo único que conocíamos del rico era su egoísmo; ahora lo vemos preocupado por sus hermanos, porque los conoce y sabe que ellos llevan su misma vida y, por tanto, acabarán como él.
Siempre me ha llamado la atención una frase del Silmarillion de Tolkien, en la que al hablar del malvado Sauron afirma que «era menor en maldad que su amo (el ‘dios’ malvado Melkor) sólo porque durante mucho tiempo sirvió a otro (a Melkor) y no a sí mismo ».
El único motivo para ser ‘menos malo’ es no ponerse a uno mismo en el centro, ser ego-céntrico, sino des-centrarse, poner a otros en el centro, que es lo que está haciendo el rico al acordarse de su familia.
Aquí la parábola cambia de mensaje –el primero parece que ya ha quedado claro–, y continúa con una reflexión acerca de cómo convertirse, cómo darse cuenta del propio pecado, del propio egoísmo, y cambiar de vida. El rico tiene una idea bastante cercana a la que muchos tienen hoy: sólo las grandes experiencias, las que causan un profundo impacto, las que son inesperadas, las que rompen la cotidianidad, podrán transformar el corazón del hombre. Más de una publicidad de hoy se mueve en esta línea, proponiendo sensaciones únicas, novedosas, envolventes, como ideal de placer y diversión, y hasta de felicidad.
Para el rico, la aparición de un muerto es lo único que haría que sus hermanos se arrepintiesen de su egoísmo; su propuesta es desesperada, ¿qué puede hacer él desde donde está para evitarles el tormento a sus hermanos? La respuesta de Abraham es desconcertante; si no fuese porque sabemos que es un tipo serio, parecería que se está cachondeando del rico. Ante la petición de algo realmente excepcional e impactante, el sabio anciano le propone una solución totalmente opuesta: que escuchen a Moisés y a los profetas, es decir, que hagan caso de los libros sagrados judíos, que eran tan cotidianos para un judío como el hielo para un esquimal.
La respuesta de Abraham no tiene nada de burla, para él la salvación está al alcance de la mano, en la cotidianidad de las oraciones de cualquier judío, de la celebración semanal en la sinagoga. No hay que buscar sensaciones impactantes, transformaciones espectaculares... la vida cotidiana y normal es la aventura más apasionante que podemos vivir. En ella está Dios ofreciéndonos todo su amor, su cariño, su perdón. ¿Por qué buscar a Dios en el terremoto, en la tormenta, en el relámpago, si lo podemos encontrar en la suave brisa de la tarde? (Sin negar la posibilidad de que Dios, si le da la gana, intervenga de forma excepcional en la vida de alguien; y si no que se lo digan a Saulo de Tarso. Lo que queda claro es que nadie puede obligar a Dios a actuar según su capricho).

En el final de la parábola todavía guarda Lucas una sorpresa en la manga con un juego de palabras muy sugerente. Al hilo de la petición del rico, Abraham concluye que la resurrección de un muerto no podrá cambiarles la vida a los que no aceptan a Moisés y a los profetas. Él está hablando de la resurrección del pobre, que era la propuesta del rico, pero Lucas sabe que los que oyen su relato son cristianos, que pueden relacionarlo con la resurrección de Jesús. Así Lucas pasa del simple mensaje de «no seáis egoístas» a otro más profundo: La Ley judía –Moisés y los profetas–, es la preparación para comprender a Jesús y su resurrección.

Para nosotros la parábola es una invitación a la misericordia y a la generosidad con los pobres, que es aquello que le faltaba al rico y que ya estaba anunciado en la Ley judía. Esa actitud nos acercará a entender la resurrección de Cristo más que una aparición efectista de luces y voces del más allá. En la cotidianidad de la Palabra de Dios que leemos, escuchamos, meditamos y comentamos entre todos está la fuerza que puede transformar nuestra vida.

Por último, os dejo una curiosidad numérica. En la Biblia el número siete representa la plenitud, y el seis, que quiere ser siete pero no llega, la imperfección. El rico de la parábola dice tener cinco hermanos, formando entre todos un grupo de seis ricos egoístas. Si hubiesen aceptado a Lázaro como hermano, se hubiesen convertido con su gesto de generosidad y misericordia en una familia perfecta.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Poderoso caballero es don Dinero

Evangelio del domingo, 19 sep 2010.
Lucas 16,1-13:

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
—Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo:
»—¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.
»El administrador se puso a a echar sus cálculos:
»—¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa.
»Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo, y dijo al primero:
»—¿Cuánto debes a mi amo?
»Éste respondió:
»—Cien barriles de aceite.
ȃl le dijo:
»—Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe ‘cincuenta’.
»Luego dijo a otro:
»—Y tú, ¿cuánto debes?
»Él contestó:
»—Cien fanegas de trigo.
»Le dijo:
»—Aquí está tu recibo; escribe ‘ochenta’.
Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
»Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
»El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado.
»Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, lo vuestro ¿quién os lo dará?
»Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

Confieso que el comentario de esta semana me ha resultado muy difícil. La parábola lo es. A lo largo de la historia se han dado múltiples interpretaciones y han corrido ríos de tinta, pero tan sólo para constatar que no está claro a qué se refería Jesús cuando pronunció este relato, ni qué matices quería añadir Lucas cuando añadió las frases finales.

El administrador obra injustamente, así que queda descartado que sea un modelo de actuación para nosotros en su forma de hacer. Algunos han sugerido que los cambios en los recibos sólo eran revisiones a la baja de unos intereses exagerados; de esta forma el administrador sería hasta buena persona, que se arrepiente de haber inflado tanto los recibos con su comisión, y ahora renuncia a ella para ganarse amigos. Así el dueño que lo despide, en realidad, no estaría perdiendo nada de lo suyo.
Pero no parece que sea éste el sentido de la parábola. A Lucas le preocupa menos la justicia concreta del personaje, y se fija tan sólo en su actitud previsora y astuta ante la dificultad.
En el fondo, para Lucas todo dinero es injusto. En aquella época, nadie tenía monedas más que los ricos; la clase media de ahora no existía, y los que tenían algo para vender (podríamos llamarlos los «menos pobres» del pueblo) lo intercambiaban por otros productos sin llegar a ver relucir nunca el oro y muy pocas veces la plata. Por tanto, si Jesús cuenta una parábola en la que los ejemplos se cuentan por cientos (cien barriles de aceite, cien fanegas de trigo), el auditorio entendía enseguida que se trataba de ricos de verdad.
En este contexto, Lucas hace una suposición automática: los ricos son injustos. Tanto el dueño como el administrador viven en ese mundo de injusticia tan alejado del mensaje y la vida de Jesús.
Hoy en día podríamos no estar de acuerdo, puesto que existen personas con grandes fortunas que hacen cuantiosas donaciones dedicadas a personas necesitadas. También existe una amplia «clase media» que no es rica... pero que podría ciertamente donar más a los que sí son pobres.

El tema es muy fácil cuando se habla de los demás: algunos dicen que la Iglesia debería vender todo el Vaticano y darle el dinero a los pobres, otros pagan sumas astronómicas –nunca mejor dicho– para pasar unos días de vacaciones en la estación espacial, algunos deportistas reciben sueldos que no cobran muchos miles de trabajadores africanos juntos... Pero hablar de los demás nunca ha conseguido acercar a nadie a Dios.

Lucas quiere con este texto provocarnos nuestra reflexión en dos sentidos: Por un lado, nos mueve a preguntarnos, ¿cuánta confianza ponemos en las riquezas, en los bienes, en la seguridad que nos da un techo, o una nevera? ¿Hacemos uso de lo que tenemos con total libertad y podemos renunciar a ello en cuanto vemos la necesidad de otra persona? ¿O más bien son las cosas las que, de forma muy sutil, nos esclavizan?
Por otro quiere quitarle importancia al dinero poniéndonos como ejemplo de astucia a un administrador que se encontraba entre la espada y la pared. El despido del administrador en seguida se interpretó como símbolo del juicio final, de la decisión fundamental de la vida: ¿Yo para qué vivo? ¿Cuando me muera, qué me llevaré conmigo? Queda claro que no es la injusticia lo que quiere Lucas que imitemos, pero sí pretende que relativicemos nuestra relación con las riquezas.
A lo largo del evangelio, Lucas insiste en que el principal fin de las riquezas es compartirlas con las que las necesitan. De hecho, después del texto de hoy nos contará la parábola del rico y del pobre Lázaro, que insiste en el mismo tema.

El dinero se convierte fácilmente en un señor, en un dueño, en un tirano, en un «poderoso caballero» al que se debe servir a costa de la propia libertad. Es incompatible con el «servir» a Dios, que tiene un significado contrario, porque Dios mismo quiere nuestra libertad, nuestro crecimiento, nuestra vida en autenticidad.
Nadie puede servir a dos señores. ¿A quién sirves tú?

De mudanzas...


Estos días estamos remodelando la web www.bibliayvida.com.
Hasta ahora el contenido de la web se almacenaba en un blog externo a ella, pero nos gustaría que todo quedase integrado en el mismo espacio.
Podéis echarle un vistazo a cómo está quedando en www.bibliayvida.com/prueba
Os agradeceré mucho vuestros comentarios sobre la nueva estética de la página.
¡Gracias!

sábado, 11 de septiembre de 2010

Domingo 24 C. La alegría de Dios.

Lucas 15, 1-32

Se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:
—Ése acoge a los pecadores y come con ellos.

Jesús les dijo esta parábola:
—Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:
»— ¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido.
»Os digo que así también habrás más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

»Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles:
»—¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido.
»Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.

También les dijo:
—Un hombre tenía dos hijos; el menos de ellos dijo a su padre:
»—Padre, dame la parte de la herencia que me toca.
»El padre les repartió los bienes.
»No muchos días después, el hijo menos, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
»Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago con las algarroba que comían los cerdos. Y nadie le daba nada.
»Recapacitando entonces, se dijo:
»— Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.’
»Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
»Su hijo le dijo:
»—Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
»Pero el padre dijo a sus criados:
»—Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado.
»Y empezaron el banquete.
»Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó:
»—Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.
»Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre:
»—Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mi nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con prostitutas, le matas el ternero cebado.
»El padre le dijo:
»—Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado.

La liturgia de hoy nos regala un texto largo, denso y sugerente. Son tres parábolas con las que Jesús responde a las críticas de los que se creían expertos en la ley de Moisés. Jesús acogía a los pecadores, y ello le costó las murmuraciones de fariseos y escribas. No era normal actuar así entre los rabinos o predicadores; los hombres tenidos por ‘justos’ u honorables evitaban juntarse con pecadores. Pero Jesús responde poniendo como ejemplo el mismísimo corazón de Dios. «Yo actúo así», viene a decir, «porque así actúa Dios, porque Dios es amor y es perdón, porque Dios siempre acoge.»

El comentario a la tercera parábola, la que se suele conocer como la del «hijo pródigo», lo podéis encontrar en el domingo 14 de marzo (pinchando AQUÍ), junto con un debate muy interesante de la mano de tres lectoras -y participantes- del blog.
A continuación os dejo un breve comentario de las otras dos: La oveja perdida y la moneda perdida.

La oveja perdida y la moneda perdida son dos parábolas gemelas, tan parecidas que algún autor afirma que forman una sola parábola. De hecho su estructura es casi idéntica, lo cual es un mecanismo retórico para conducir al lector hacia un punto que comentaremos luego.
Ni la profesión de pastor ni el hecho de ser mujer resultaban comparaciones agradables para los fariseos y los escribas, a los que van dirigidas las parábolas. Los pastores estaban mal vistos por las «gentes de bien» (quizá por ello el mensaje del nacimiento de Jesús, según Lucas, va dirigido primero a ellos, y no a los grandes sabios ni a los sacerdotes). Pero Jesús está recordando un pasaje del profeta Ezequiel en el que Dios se queja de que los «pastores», es decir, los dirigentes del pueblo de Israel, no están gobernando con justicia y equidad, como corresponde a su rango de «enviados de Dios». El poema de Ezequiel acaba afirmando que Dios mismo será el pastor, Dios en persona vendrá al mundo a regir a su pueblo con su bondad y justicia.
Hay otro contraste muy intencional en la parábola: «¿Quién de vosotros, si pierde una oveja, no deja las noventa y nueve...?» ¡Pues nadie! Ningún pastor deja las noventa y nueve en el campo y se va a buscar una, que encima es díscola, despistada, o tonta. En cambio, Dios sí. Dios va en busca del pecador en cualquier circunstancia, forman parte de su ser la bondad, la acogida, el perdón.
El pastor, que representa a Dios, encuentra al final a su oveja; esto también es un alivio para el pecador, la parábola no habla de la posibilidad de que se quede perdida. ¡Cómo podría, si es Dios mismo quien la busca!
Por último, el no va más de los despropósitos, el pastor se carga con la oveja y monta una fiesta con sus amigos y vecinos para celebrarlo. ¡Tanto ruido por una oveja! ¡Si total, le quedaban noventa y nueve! Pues ese es el subrayado: Dios cuida de cada uno, sin hacer números, sin calcular la «importancia» de cada uno. Todos sus hijos merecen una misma fiesta. Todo esto es expresado con la palabra «alegría», que también puede significar «hacer fiesta». La misma parábola tiene su explicación: La alegría de Dios es la conversión del pecador. Pero, ¿no se alegra Dios también por los justos? Veamos.

La segunda parábola sigue, como decíamos, el mismo patrón que la anterior con muchos elementos en común. Esta vez es una mujer la que representa a Dios; en concreto la actitud de buscadora detallista y eficaz es la que expresa bien cómo Dios busca a los pecadores. El pastor buscaba a quien se perdió fuera de casa, la mujer busca al perdido dentro de la casa (esto se verá después en la parábola del «hijo pródigo», en la que un hijo se pierde en un país lejano, pero el otro nunca se había separado de su padre; aún así, ambos están perdidos, cada uno a su manera).
La fiesta que organiza la mujer con sus amigas y vecinas es igualmente un despropósito, seguro que le costó más dinero que la propia moneda encontrada. Esto es porque el amor y el perdón de Dios se desborda de tal manera, que sólo los derrochadores pueden simbolizarlo bien.
Y de nuevo, en la explicación de la parábola, la alegría es la clave que describe a Dios; alegría por el pecador que se convierte... ¡Anda!, ya no habla de los «nueve justos que no necesitan conversión».
En mi opinión, las dos parábolas son tan simétricas, para que el lector genere unas expectativas sobre el final de la segunda. Si la primera terminaba hablando de los «noventa y nueve justos», se esperaría que la parábola de la moneda mencionase a «nueve justos», pero no lo hace, generando así un «hueco», una «expectativa frustrada» ante la cual comienza la gran parábola de los dos hermanos y el padre bueno. El mensaje es el siguiente: no existen esos «noventa y nueve justos que no necesitan conversión», todos, de una manera u otra, deben reflexionar sobre su cercanía o lejanía de Dios. Los fariseos y escribas que critican a Jesús y se sienten «justos», deben también meditarlo; a ellos van dirigidas en primer término estas parábolas.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Domingo 23: I want it all! ¡Lo quiero todo!

Lucas 14, 25-33

En aquel tiempo mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
—Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
»Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío.
»¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.”
»¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
»Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.
¿Estás de broma, Lucas?
¿Posponer a madre y padre, a hermanos, hermanas, hijos e hijas?
¿De qué estás hablando?
Lucas es un evangelista muy educado; muchas veces facilita la comprensión de las palabras de Jesús, las explica, reduce las palabras ásperas y duras que podrían llevar a errores y subraya el carácter amable de Jesús, su misericordia y compasión frente a las multitudes que se sentían necesitadas. No es como Marcos, más provocador o Juan, más reflexivo y místico.
Y, sin embargo, Lucas no ha querido recortar de su evangelio estas palabras de Jesús tan directas, duras y escandalosas.
Vayamos por partes. Decía Sherlock Holmes, que, cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad. Así que empecemos eliminando la interpretación imposible: Jesús no nos pide que dejemos de amar a nuestra familia. Esto es evidente porque conocemos los grandes rasgos del mensaje de Jesús que nos transmite todo el Nuevo Testamento y también la tradición de la Iglesia; sabemos que el amor es el pilar central de todo su mensaje. Nunca podemos interpretar un texto del Evangelio fuera de su contexto, porque pierde su sentido (de hecho, y es una pena, esto de sacar de contexto se ha hecho muchas veces en la historia, y se sigue haciendo; uno de los objetivos más importantes de la ciencia bíblica actual es intentar entender los textos en su contexto). Pero volvamos a nuestro Evangelio de hoy.

La explicación de la primera frase, tan enigmática, viene en un par de parábolas que son, por contraste, facilísimas de entender: ¡Siéntate a pensar! De hecho, Lucas sabía que iba a escandalizar a su auditorio con la primera frase; lo hace a propósito para que presten atención a lo que sigue, que es tan fácil que podría pasar inadvertido.
Las parábolas las puede entender hasta un niño. Antes de hacer algo, hay que sentarse a pensar en el camino, en cómo hacerlo, en los riesgos, en las posibilidades.

La sorpresa que nos deparan estas parábolas es que el “algo” del que estamos hablando implica la vida entera. No se trata de una torre que un arquitecto construye una vez (puede hacer después muchas otras), ni de una batalla de un rey que más tarde se podrá enzarzar en muchas otras. Se trata de que Jesús está mostrando claramente las dimensiones de su mensaje: Lo quiero todo.

Vivimos en un mundo acostumbrado a las parcelaciones, a las casillas, a los sectores, a los compartimentos. Dicen los expertos que en nuestra sociedad muchos están “fragmentados”. Jesús es, entonces, mucho más revolucionario ahora que antes. Centrar la vida en él, dice, nos va a llevar a la plenitud de nosotros mismos. Parece paradójico, porque nosotros muchas veces queremos “tiempo para mí”, “bienestar para mí”, “comodidad para mí”. Y estamos dispuestos, después, a dar algo de nuestro tiempo, bienestar o comodidad a los demás.
Para Jesús eso está muy bien, pero no basta. Seguro que veía ante él seguidores de muy distinto pelaje. Personas que, de verdad, lo habían abandonado todo por seguirle –pensemos en Pedro, o en María Magdalena–, otros que esperaban tan sólo un milagro –los evangelios están llenos de ejemplos–, y muchos otros sin definir que posiblemente no tenían claro ni ellos mismos cuánto estaban dispuestos a dar por Jesús.
Lucas se encontraría en la misma situación; quería transmitir el mensaje de Jesús a una comunidad en la que vería también creyentes de todo tipo. Y hoy, en nuestras comunidades, la realidad puede ser muy parecida. Hace unas pocas décadas, casi todo el mundo era cristiano quizá porque “tocaba”, porque “todos lo eran”; hoy, afortunadamente, los cristianos somos un poco más conscientes de nuestra fe, aunque seamos menos en número.
Pero siempre viene bien que nos recuerden esta lectura: Jesús no es un apéndice de nuestra vida. Seguirle no es un marco bonito que le ponemos al foto-libro de nuestra historia. Él no nos engaña: nos promete la felicidad, la que dura, la auténtica, la que nunca termina, pero nos pide a cambio que centremos en él nuestra vida, nuestra existencia, nuestros sueños. Hay una manera “cristiana” de vivir, hay una manera “cristiana” de conducir, de navegar en Internet, de superar las jugarretas de otros, de considerar el futuro, hasta de hacer la compra o de cerrar el grifo.
No es necesario que a los cristianos nos distinga ningún folclore, ningún ropaje, ninguna comida o bebida. Tan sólo que los demás puedan decir: “Mirad cómo se aman”.
Pero este camino, nos avisa Jesús, no se anuncia con las coletillas publicitarias típicas: “sin esfuerzo”, “en siete días”, “rápido, fácil y eficaz”. Todo lo contrario: “TOMA TU CRUZ Y SÍGUEME”. Jesús no ha hecho ningún cursillo de marketing.


Os dejo, para terminar este comentario, el video de una famosa canción de Queen: “I want it all”, con subtítulos en castellano. Aunque originalmente no tenga mucho que ver, parte de su texto encaja muy bien con lo que Jesús nos quiere decir hoy. Os propongo este ejercicio; imaginad que es Jesús mismo el que os canta la canción directamente a vosotros. Quizá alguna frase os sorprenderá; ¿os animáis a compartirla en los comentarios?



(Para los que no puedan ver el vídeo, os dejo también el enlace AQUí)

domingo, 29 de agosto de 2010

Domingo 22: 'Amigo, acércate'

Lucas 14, 1.7-14

Un sábado, Jesús fue a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos; éstos estaban espiándolo. Viendo cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola:
-Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y el que os invitó a los dos venga a decirte: ‘Déjale el lugar a éste’, y tengas que ir a ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento. Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate a la cabecera’. Entonces te verás honrado en presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido.
Luego dijo al que lo había invitado:
-Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque puede ser que ellos te inviten a su vez, y con eso quedarías recompensado. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos.
En algunas parábolas se nos dice qué estaba viendo u oyendo Jesús. Ésta es una de ellas: «Viendo cómo los convidados escogían los primeros lugares...»
Para Jesús las actitudes humanas son la mejor manera de hablar de Dios. El deseo de pasar por encima de los demás ha estado presente en toda la historia, y sigue estándolo. Algunas veces con violencia, y otras de forma más disimulada; pero siempre es la misma actitud la que está detrás: ser (o aparentar) más que los demás.
El Reino de Dios que Jesús predica es distinto; en él nadie tiene necesidad de compararse con otros, de ser más que otros, de aparentar más que otros, porque todos se saben intensamente amados por Dios. Jesús sigue insistiéndonos en que es posible crear una sociedad en la que no necesitemos demostrar a cada instante lo que valemos, en la que se nos quiera sencillamente como somos, en la que no tengamos que ganarnos el afecto, el cariño, la felicidad... Una sociedad en la que el regalo sea más importante que el intercambio, la gratuidad más que la compraventa, la humildad más que la apariencia de grandeza.

sábado, 21 de agosto de 2010

Domingo 21: ¡Peligro! ¡Puerta estrecha!

Lucas 13, 22-30

Jesús recorría ciudades y aldeas enseñando, mientras caminaban hacia Jerusalén. Y uno le dijo:
-Señor, ¿son pocos los que se salvan?
El les contestó:
-Esforzaos para entrar por la puerta estrecha, porque os aseguro que muchos intentarán entrar y no podrán. Una vez que el dueño de la casa haya entrado y cerrado la puerta, os quedaréis fuera y empezaréis a golpear la puerta, diciendo: "Señor, ábrenos". Y os responderá: "No sé de dónde sois". Entonces empezaréis a decir: "Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas". Y os dirá: "No sé de dónde sois; apartaos de mí todos los que obráis la injusticia".
»Allí será el llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham y a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras que vosotros sois arrojados fuera.
»Y vendrán de Oriente y de Occidente y del Norte y el Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Pues hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

El Evangelio está lleno de paradojas; si Dios es todo bondad y todo amor, ¿cómo puede hoy decir Jesús que Dios es tan severo? ¿Cómo puede Dios arrojar fuera a hijos suyos?
Yo creo que el Evangelio es paradójico porque los seres humanos lo somos también. Decir que Dios es amor, que cuida con cariño de nosotros, sus hijos, tiene un efecto de consuelo sobre los que sufren y los abatidos; pero también puede tener un efecto «sedante» sobre los que no sufren, los que podrían ponerse manos a la obra a construir el Reino de Dios pero no les da la gana. «Total, como Dios es tan bueno, ya me salvará, ya me abrirá las puertas».
Frente a esta forma de pensar, que es más común de lo que parece, Jesús también tenía cosas que decir; y, como siempre, las decía en parábolas y comparaciones. Usaba metáforas como la de la puerta estrecha, como la del dueño de la casa que cierra la casa y deja fuera a los rezagados. (¡Quién no ha tenido la experiencia de que se le cierren en las narices las puertas de un tren, un metro o un autobús!) Dios también puede ser retratado como un señor severo y exigente, porque nosotros los hombres y mujeres necesitamos ese retrato. No es que Dios vaya a rechazar a nadie, ni a quemarlo eternamente en el infierno; es que, como no nos espabilemos, aquí en la Tierra el Reino de Dios no lo construirá nadie. Dios no nos ha creado para que estemos de brazos cruzados esperando que él deje caer la comida en nuestra boca; nos ha creado para que desarrollemos nuestras capacidades, para que trabajemos y nos trabajemos, para que agarremos la vida por los cuernos y la afrontemos y crezcamos, para que escalemos las montañas más altas del espíritu humano, para que exploremos las simas más profundas de nosotros mismos. La vida no es fácil, el cristianismo tampoco lo es. Necesitamos que Jesús también nos espolee, nos estimule a ponernos en camino. Sin ese estímulo tantas veces nos quedaríamos en el sillón, aletargados viendo la tele.
Dicho esto, quisiera añadir que las dos ideas de la paradoja no están al mismo nivel. Dios nos ama y nos cuida por un lado; nosotros debemos esforzarnos al máximo por otro. Pero la idea principal, la primera, es el amor de Dios. Insisto en esto porque en nuestra querida Iglesia hemos pasado siglos olvidando esta prioridad. Todavía hoy algunos insisten en que debemos hacer el bien como si nuestra salvación dependiera de ello, como si fuésemos nosotros los que nos salvamos, los que «logramos» la salvación, los que la «merecemos». Esto no es cierto. La salvación, la vida, la felicidad, es un puro regalo de Dios, es amor desinteresado, a cambio de nada. Nuestras obras no nos «alcanzan» la salvación, sino que nos abren el corazón para que la aceptemos (es bien sabido que los regalos también pueden ser rechazados); nuestro «hacer el bien» no debe ser interesado «para conseguir» algo, sino una respuesta agradecida y gratuita ante el amor de Dios que viene primero y que es, también, gratuito.
Por tanto, en mi opinión, la lectura de hoy sólo es útil para quien ha comenzado a comprender la alegría de la gratuidad de Dios. Si no, aparecerá como una lectura exigente, dura, inflexible, y creará la imagen errónea de un Dios estricto y severo que tanta gente, por desgracia, todavía tiene en la cabeza.

Añadir por último, que Lucas se ha divertido un poco poniendo esta lectura en su evangelio. Me explico: en su contexto original las palabras de Jesús iban dirigidas a los judíos que confiaban en ser el pueblo elegido y despreciaban a los otros pueblos. Jesús les avisa de que, si no se espabilan, Dios mismo les rechazará, porque han «obrado la injusticia», y Dios es Dios de justicia. Este mensaje sería seguramente escandaloso para los judíos. Al final de los evangelios se ve que la mayoría del pueblo judío rechazó a Jesús y que las comunidades de cristianos eran en su mayoría gentiles, es decir, no-judíos.
Digo que Lucas se ha divertido con este texto, porque él está escribiendo sobre todo para gentiles que se han hecho ya cristianos, y por tanto podrían interpretar este texto de forma complaciente: «Cuánta razón tenía Jesús; los judíos se han quedado fuera mientras que yo he podido entrar en la casa del Señor». Sin embargo, la interpretación que Lucas busca es la contraria; para quien quiera fijarse, este texto es un aviso muy serio: «Fíjate, cristiano engreído, los judíos se han quedado fuera de la casa porque no les dio la gana entrar cuando Jesús les llamó, creyendo que eran el pueblo elegido. ¡Cuidado no te pase a ti lo mismo!»

sábado, 7 de agosto de 2010

Felices vacaciones

Durante el mes de agosto no podré garantizar las entradas de los domingos. Lo siento mucho por los lectores y lectoras de esta página, pero me encuentro en el extranjero, con diversas actividades, y no me resulta fácil mantenerlas. Gracias por vuestra comprensión.

domingo, 25 de julio de 2010

Domingo 17: Dios te cuida

Lucas 11, 1-13

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Él les dijo: “Cuando oréis decid. “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación”.

Y les dijo: “Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la medianoche para decirle: “amigo, préstame tres panes pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y, desde dentro, el otro le responde: “no me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme para dártelos”. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.

Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”

Siempre me han impresionado estas palabras del Evangelio de Jesús: Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá...
Quizá sea porque soy muy desconfiado, porque me cuesta aceptar la sencillez con la que Jesús hablaba del Padre y vivía su cercanía. A veces nos gusta complicar las cosas, dudar de todo, poner la vida bajo sospecha, y hasta a Dios mismo.
Para Jesús las cosas son mucho más simples: Dios te ama, Dios te cuida, Dios no te abandona nunca, no va a dejar que te hundas. Los sufrimientos de tu vida no son signo de que Dios te ha olvidado, sino oportunidades (a veces muy duras, ciertamente) de superarte a ti mismo, de superar tus miedos, tus desconfianzas, tus mediocridades... y hasta tus limitaciones; son la oportunidad de abrirte a la existencia de un algo más, de un "alguien" más que sí lo puede todo, que sí da sentido al sinsentido, que es capaz de sacar fuerzas de flaqueza, vida de la muerte, alegría de la desesperación.
El evangelio de hoy es, por tanto, un poema de esperanza y alegría, de serenidad y mirada limpia. Aquí mismo, en el mundo, a nuestro lado, está Dios cuidándonos con su infinito cariño, sólo tenemos que abrir los ojos para verlo.

sábado, 10 de julio de 2010

Domingo 15: ¡Ve y Ama!

Lucas 10,25-37

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
-Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
Él le dijo:
-¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?
Él contestó:
-Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.
Él le dijo:
-Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:
-¿Y quién es mi prójimo?
Jesús dijo:
-Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta." ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?
Él contestó:
-El que practicó la misericordia con él.
Le dijo Jesús:
-Anda, haz tú lo mismo.

En cada gesto de Jesús, en cada curación, en cada parábola, se la juega. Lo suyo no son enseñanzas de teoría, como tantas veces las nuestras, él se implica en todo lo que hace y dice, sabe que le puede traer problemas, pero no se calla, no tiene pelos en la lengua, le duele demasiado la injusticia del mundo como para aguantar en silencio.
La pregunta que hoy le lanza el experto en la Ley de Moisés no era nada original. Constantemente las distintas escuelas de pensamiento judío discutían cuáles eran los puntos más importantes, los esenciales, los secundarios, y qué grado de importancia tenía cada precepto. El maestro de la Ley, por tanto, quiere involucrar a Jesús en esos dimes y diretes eruditos y académicos. Jesús sí tiene una respuesta a la pregunta, pero es una respuesta tan clara y evidente que le resulta inútil ponerse a matizarla y detallarla, cualquier conocedor de la Ley sabía qué mandamiento era el más importante, el del Amor.
Posiblemente a nosotros nos pase alguna vez lo mismo; sabemos lo que tenemos que hacer como cristianos, sabemos cómo y cuándo hacerlo, pero nos entretenemos en darle mil vueltas con tal de no ir a lo importante, y así acallamos nuestra conciencia. «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo». Amemos y dejémonos de historias.

El maestro, para justificar su pregunta, vuelve a la carga con otra de las típicas discusiones entre escuelas judías: ¿Hasta dónde llega el concepto de prójimo? ¿Al que está más cerca, es decir, al que es como yo? ¿O también al lejano, al diferente?
Jesús entonces sí aprovecha para lanzarle una parábola, casi como si fuese una pedrada en la cabeza. Poner como ejemplo de «malos» al sacerdote y al levita y como «bueno de la peli» al samaritano, es darle una patada en los morros a cualquier pretensión bienpensante de la época. Los sacerdotes y los levitas, por su cargo y su conocimiento de la Ley, se suponía que eran más respetables que los samaritanos, un pueblo despreciado por los judíos, que los consideraban extranjeros y herejes al mismo tiempo, a pesar de que compartían una parte de las mismas Escrituras Sagradas. La historia siempre es la misma, en vez de fijarnos en aquello que nos une, nos empeñamos en resaltar lo que nos diferencia.
Por eso digo que Jesús se implica y se complica la vida en cada palabra, en cada discurso, en cada mirada. Él sigue diciendo: cuidado, te estás equivocando. Y nosotros, pequeños cristianos, tenemos también la misma misión: decirle al mundo cuándo se equivoca, pero sin enorgullecernos, porque no somos superiores. ¡Qué difícil es eso! Lo más fácil es tomar otro camino. O bien el camino del orgullo, que nos hace sentir superiores y hasta pretender imponer nuestras ideas (de éstos en nuestra querida Iglesia hay unos cuantos); o bien la senda de la pretendida humildad que no significa más que silencio y ocultación, que no cumple la misión de ser signos y testigos a la que Jesús nos llama; así, con la pretensión de ser «levadura en la masa», acabamos siendo «agua en la sopa», con la preocupación de «que no se note que estamos» para no ser rechazados (de éstos también los hay en la Iglesia, algunos de ellos se autodenominan «progres»).
Vete y haz tú lo mismo, es la conclusión de Jesús. ¡Qué cosas! Nadie pretendía salir del diálogo con deberes para casa. Se trataba tan sólo de una discusión erudita, académica, de aclarar conceptos. Pero Jesús no lanza sus palabras, no dispara sus discursos para hacer bonito ni para ilustrar expertos. Cualquier acercamiento a Jesús y a su palabra debe acabar siempre con un «vete y haz».
Seamos, pues, signos del amor de Dios en el mundo, con la misma humildad que Jesús mismo, pero también con su misma valentía. Sin imponer a nadie nuestras ideas ni importunar a los demás con nuestras convicciones, pero sin escondernos, sin querer aguar la sal que llevamos para condimentar el mundo. Tenemos una misión. Vayamos y cumplámosla.

domingo, 27 de junio de 2010

Domingo 13 C: ¡Sígueme sin excusas!

Lucas 9,51-62

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.
De camino entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron:
—Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?
Él se volvió y los regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno:
—Te seguiré adonde vayas.
Jesús le respondió:
—Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
A otro le dijo:
—Sígueme.
Él respondió:
—Déjame primero ir a enterrar a mi padre.
Le contestó:
—Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Otro le dijo:
—Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.
Jesús le contestó:
—El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios.

En el Evangelio de Lucas la palabra «camino» es muy importante, porque Lucas compara la vida cristiana con un camino, con el camino que hace Jesús. En el pasaje que leemos hoy comienza este itinerario de forma solemne: Jesús va decidido a Jerusalén, porque esa es la voluntad del Padre, porque allí entregará su vida por amor a nosotros.
Al empezar este camino, Lucas nos quiere hacer reflexionar sobre qué significa «seguir» a Jesús. Nos presenta cuatro situaciones con discípulos o seguidores y las respuestas de Jesús. A veces, las palabras de Jesús nos resultan duras y sorprendentes, por ello hay que saber interpretarlas bien.

1. Santiago y Juan entienden el seguimiento de Jesús como un poder, como una autoridad; quieren imponer sus ideas a esos samaritanos que no les acogen. Quizá recuerdan algún pasaje del Antiguo Testamento en el que se describe a Dios como un juez castigador; pero ellos no son Dios, ni tampoco les corresponde juzgar. Jesús, ante la pretensión tan descabellada de sus discípulos, les riñe. Él no ha venido para imponer su mensaje, sino para ofrecer gratuitamente la salvación a quien quiera acogerla.
Nosotros también podemos tener la tentación de imponer nuestras ideas, de creernos superiores por ser cristianos; en la Iglesia hemos tenido muchas veces esa tentación. Pero no podemos «aprovecharnos» de ser discípulos de Jesús, los cristianos somos siempre servidores; para eso nos ha escogido Jesús, para servirle llevando su mensaje al mundo. No podemos superar las dificultades con violencia, sino con la humildad y mansedumbre de Jesús.

2. En la segunda escena, alguien por propia iniciativa se ofrece a seguir a Jesús, pero él le responde con cierta crudeza: «La zorras tienen madrigueras y los pájaros nido pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». En el fondo es una forma de aclarar las cosas antes de que empiece el seguimiento, para que ningún discípulo pueda decir que le han engañado.
Quizá aquella persona tan bien dispuesta estaba esperando que Jesús le dijese a dónde iba, que le marcase el itinerario, las paradas, la ruta, los objetivos, las etapas intermedias, el calendario... Muchos estarían dispuestos a seguir a Jesús a cambio de seguridad, de estabilidad, de certezas...
Pero el camino del cristiano no está predeterminado, no es igual para todos. A cada uno Jesús nos va conduciendo por la vida, si queremos seguirle, por nuestro propio camino. Cada uno y cada una tenemos una vocación, una familia, un trabajo, un entorno... el cristiano no se define porque haga lo mismo que otros, sino por dejare guiar por Jesús.

3 y 4. La tercera y cuarta escenas son semejantes; sorprende que Jesús hable con tanta dureza. «Enterrar a los muertos» era una de las obras de caridad más importantes para los judíos. «Despedirse de la familia» nos parece muy lógico. ¿Por qué Jesús no acepta la actitud de estas dos personas que quieren seguirle?
La clave está en la palabra «primero». Le dicen a Jesús que sí están dispuestos a seguirlo pero «primero» tienen cosas que hacer. Es el «sí pero...» que tantas veces define nuestras vidas. No nos decidimos a comprometernos porque tenemos que resolver «primero» muchos problemas; debemos aclarar nuestro pasado, queremos tenerlo todo claro y resuelto antes de embarcarnos en la aventura del seguimiento.
Si actuamos así, nunca daremos ningún paso. Aunque los requisitos de los que hablemos sean muy importantes. «Te sigo, pero primero tengo que resolver tal o cual cosa...». Jesús denuncia con radicalidad la actitud mediocre que tantas veces nos define. No hay nada «primero» a seguir a Jesús. Si hemos descubierto la enorme alegría de la salvación que él nos ofrece, si hemos captado el inmenso amor que él nos regala y del que nos hace partícipes, no tendremos excusa, no tendremos nada que hacer «primero», sino que toda nuestra vida quedará coloreada, quedará impregnada del Evangelio.
No es que Jesús rechace que se hagan obras de caridad o que se cuide de la familia, lo que rechaza es que se pueda hacer eso independientemente de nuestro ser cristianos.
Todavía muchos pueden pensar que son cristianos en algunos momentos de su vida, pero que en otros momentos no tiene importancia; que son cristianos cuando van a misa o cuando rezan, pero que Jesús no tiene nada que ver con su trabajo, con sus negocios, con su comportamiento, con su rutina de cada día.
Jesús rechaza esa actitud. Para seguirle no es necesario ser héroes, pero sí estar convencido de que él está presente en nuestra vida, en toda nuestra vida, en todo momento.

sábado, 19 de junio de 2010

Domingo 12: La cruz de cada día

Lucas 9,18-24

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:
-¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos le contestaron:
-Unos que Juan el Bautista, otros que elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Él les preguntó:
-Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Pedro tomó la palabra y dijo:
-El Mesías de Dios.
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió:
-El hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Y dirigiéndose a todos dijo:
-El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.

La pregunta es fundamental para todo cristiano: ¿Quién es Jesús para ti? Es la pregunta que se hicieron los apóstoles al encontrarse con él, es la pregunta que reflexionaron los evangelistas y nos plasmaron su respuesta en los evangelios como un testimonio personal, es la pregunta, en definitiva, que caracteriza a los cristianos.
Para empezar puede valer una respuesta de catecismo: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios hecho hombre; pero no basta con eso. No podemos quedarnos en teorías y conceptos, hay que avanzar hasta implicarse, por eso Jesús nos pregunta: ¿Quién soy yo para ti, para tu vida, para tu realidad cotidiana? ¿Qué importancia tengo en tus actitudes, en tu visión del mundo, en tu forma de afrontar las decisiones? ¿Qué pinto yo en tu vida?

El texto del evangelio de hoy avanza lentamente, como un buen educador. Comienza haciendo una pregunta superficial, externa: ¿Qué dice "la gente"?
Nos suelen gustar esas preguntas por dos motivos: primero porque no nos implican, no nos complican la vida; y segundo porque nos encanta hablar de los demás, de lo que dicen, de lo que piensan, de cómo actúan.
La gente consideraba a Jesús un buen hombre, un enviado de Dios, alguien con un gran mensaje, que defendía a los pobres y proclamaba la justicia, la solidarida y el amor. La mayoría de la gente de hoy opina de forma parecida.
Pero Jesús tiene en mente la otra pregunta, la más importante, y se lo pregunta así a los discípulos: ¿Qué decís vosotros?
Pedro, en nombre de todos, se lanza y reconoce en él al Mesías. Es decir, para la mentalidad de la época, afirma que no es un profeta más, sino el enviado definitivo de Dios, el esperado de su pueblo. Está diciendo mucho: con Jesús iba a llegar el Reino de Dios, la instauración para siempre de su reinado.
El pueblo judío llevaba siglos sufriendo opresiones por parte de los diversos imperios que pasaban por la región. En tiempos de Jesús llevaban décadas bajo la dominación romana. Ser el "Mesías", por tanto, podía significar muchas cosas distintas: Unos lo veían como un líder militar, que organizaría un ejército y expulsaría a los romanos; otros pensaban en un líder espiritual que renovaría el culto del Templo de Jerusalén; otros imaginaban un ser celestial, magnífico, que lideraría los ejércitos de ángeles, y serían ellos los que tomarían el mando de la historia.
Había "Mesías" para todos los gustos, incluso había grupos de judíos que no le daban especial importancia a esta figura.
Pero todos los israelitas tenían algo en común: su enorme esperanza en que Dios iba a liberarles. La palabra "Mesías" sólo tiene sentido para quien espera, para quien desea algo mejor, para quién observa insatisfecho nuestro mundo y sueña que puede ser mejor.
La afirmación de Pedro, que reconoce que Jesús es el Mesías, no significa nada para quien no espera, para quien se conforma con lo que tiene y lo que vive, para quien no es capaz de soñar. Pedro todavía no comprende bien quién es Jesús, quizá el piense más en un Mesías guerrero, pero al menos es capaz de levantar la mirada a Dios y esperar de él la liberación. Después resultará que la libertad de la que habla Jesús es más profunda, no consiste sólo en dejar de pagar impuestos a Roma, después se verá que Pedro también estaba equivocado, pero al menos está en camino, está en búsqueda, sabe que el mundo necesita algo más, necesita de Dios.

Hoy en día es posible que a muchos les resbale bastante que "Jesús sea el Mesías". La auténtica preocupación de muchos es el "bienestar" que se traduce en tener un dinerillo y poder ir disfrutándolo. En tiempos de crisis y de pérdida de empleo para tantos no es cuestión de poner en duda que la estabilidad económica es necesaria, pero tampoco es la fuente de la felicidad. En España durante unos cuantos años hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, hemos vivido una burbuja económica que no se basaba en el trabajo real, en la producción real, pero que nos ha llevado a acostumbrarnos a consumir a vivir con cierto desahogo, a crearnos una imagen falsa de nosotros mismos, de lo que podíamos gastar y, sobre todo, de lo que era importante para ser felices.
Durante esos años no hemos sido más solidarios, no nos hemos movido para que los auténticos pobres dejasen de serlo, no nos hemos planteado crecer espiritualmente, enriquecer nuestra persona por dentro. Todo lo contrario.
Ahora, en tiempos de dificultad, quizá sea el momento de reflexionar. Cuando pase la crisis y muchos de los actuales parados vuelvan a tener empleo, los empresarios vuelvan a tener ingresos más holgados, y todos podamos respirar un poco más tranquilos, ¿nos plantearemos nuestro estilo de vida con más austeridad? ¿Pensaremos en gastar más dinero en solidaridad, recordando las ayudas recibidas? ¿Nos embarcaremos en la causa de los pobres? ¿Levantaremos la mirada para pensar que "no sólo de pan vive el hombre"?

Tras el primer paso, la esperanza que Pedro muestra, viene un segundo, la enseñanza de Jesús que corrige las falsas expectativas. Jesús reconoce que sí es el Mesías, pero no quiere que lo divulguen porque se le iba a entender mal. Él prefiere la expresión "Hijo del hombre", que en su época, igual que hoy, era enigmática, y así le daba la oportunidad de explicarse: El Hijo del hombre tiene que sufrir y dar su vida por amor a todos.
No era un Mesías muy común; nadie pensaba que el Mesías fuese así.

Por eso el último paso es tan sorprendente: Jesús pide que se impliquen en su causa, que le sigan "tomando la cruz cada día", que vivan cotidianamente lo que Jesús predicó. Como decíamos al principio, cuando Jesús nos pregunta "¿quién soy yo para ti?" no le valen las respuestas aprendidas. Sólo hay una manera de decirle hoy "Tú eres el Mesías, mi Mesías, el que espero, el que nos liberará del mal auténtico, el que nos dará la visión de la vida que supere nuestra miopía, el que nos hará comprender qué es lo importante y qué es lo secundario"; y ésta manera consiste en coger la cruz cada día, en sentir el pinchazo de las astillas, en ver los callos crecer en nuestra manos. Perder la vida por Jesús es ganarla.

domingo, 13 de junio de 2010

Domingo 11 C. Perdón transformador

Lucas 7,36-50

Un fariseo le pidió a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume, y, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo:
«Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.»
Jesús tomó la palabra y le dijo:
—Simón, tengo algo que decirte.
Él respondió:
—Dímelo, maestro.
Jesús le dijo:
—Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?
Simón contestó:
—Supongo que aquel a quien le perdonó más.
Jesús le dijo:
—Has juzgado rectamente.
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
—¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona, poco ama.
Y a ella le dijo:
—Tus pecados están perdonados.
Los demás convidados empezaron a decir entre sí:
—¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?
Pero Jesús dijo a la mujer:
—Tu fe te ha salvado, vete en paz.


El evangelio de hoy nos habla del perdón desde una perspectiva de esperanza confiada. Las personas no siempre compartimos esa forma de verlo; pensamos que hay actos imperdonables; o nos desesperamos por nuestras propias faltas creyendo que no merecemos el perdón; o decimos aquello de «yo perdono pero no olvido», que es lo mismo que decir: «yo no perdono, pero hago como que sí y quedo bien».
Perdonar es una experiencia difícil, y también pedir perdón (nuestro orgullo tantas veces nos lo impide), igual que aceptar que nos perdonen. Tenemos dentro de nosotros el deseo de ser perfectos, de hacerlo todo bien, de no equivocarnos nunca. Pero hay veces en las que tenemos que reconocer que nos hemos equivocado; veces en las que hay que desandar el camino y tomar otra dirección, ¡es tan difícil! A veces preferimos seguir adelante por un camino que sabemos que es el equivocado, antes que reconocerlo.
Esto sucede porque la humildad es una virtud muy difícil de vivir. Parece que la humildad consista en despreciarse a uno mismo, pero no es así, es mucho más sencillo. La humildad es reconocer la verdad de nosotros mismos: A veces acertamos y a veces no; a veces hacemos las cosas bien, pero otras veces no. La humildad es una virtud sencilla, pero nosotros a veces somos complicados, el orgullo nos lleva a complicarnos la vida.
El perdón es el remedio a nuestro orgullo, a nuestras ganas de hacer complicadas las cosas. El perdón no consiste en un simple «aquí no ha pasado nada». Es mucho más, es reconocer que «aquí sí ha pasado algo malo (el pecado, sea cual sea) pero yo te perdono». El perdón tiene un efecto transformador de la persona, es realmente un invento de Dios. El evangelio de hoy nos quiere explicar esto.

Estando Jesús a la mesa, invitado por un fariseo, entra una mujer pecadora, con la vida destrozada. Todos sus gestos son de desesperación y audacia. Ella no ha sido invitada al banquete, pero irrumpe en la sala para pedirle el perdón a Jesús con gestos de arrepentimiento.
La mujer no abre la boca, no dice nada, tan sólo expresa el dolor de su vida desestructurada con gestos de amor hacia Jesús.
Y es que el pecado no sólo es una ofensa hacia alguien. El pecado también embrutece la propia alma, también afecta al propio pecador, alimenta su egoísmo, acorta sus esperanzas, reduce sus deseos de bondad. La vida pecadora de la mujer del evangelio la había llevado hacia una situación insostenible, que ella expresa con sus lágrimas.
El perdón tiene un efecto curativo, restaurador, regenerador. La mujer, a pesar de su vida pasada, tiene fe en que Jesús puede perdonarla. Jesús perdona sus pecados, pero no sólo eso: afirma que su fe la ha salvado y le otorga la paz.
La transformación de esta mujer es completa. Jesús no se limita a darle una palmadita en la espalda y a decirle: «No pasa nada». Nada de eso, Jesús sí reconoce que esa mujer había pecado, y mucho, pero también le da el perdón. Antes la mujer había perdido su dignidad, estaba desesperada, acabada, excluida. Ahora Jesús afirma que está salvada, que vuelve a tener dignidad, que puede recobrar la paz.

La experiencia de la mujer es la experiencia de todos nosotros. También a nosotros el egoísmo nos vence muchas veces, a cada uno de una manera distinta, por eso los pecados de cada uno son distintos, pero siempre es el egoísmo el que está en el fondo. A nosotros también se nos regala gratuitamente el perdón de Dios. También Jesús nos dice: «Tu fe te ha salvado», también nos da su paz.
La mujer del evangelio «ama mucho, porque se le ha perdonad mucho». Es un ejemplo para nosotros, una invitación y una llamada a que reconozcamos que Dios también nos perdona mucho, nos lo perdona todo, nos perdona siempre. El perdón que recibimos de Dios nos transforma, nos mejora, nos enriquece con su gracia. Gracias a él, podemos volver a amar.

domingo, 6 de junio de 2010

Domingo: Corpus Christi

Lucas 9, 11b-17

Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban.
Caía la tarde y los Doce se le acercaron para decirle:
—Despide a la gente; que se vayan a las aldeas y masías de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado.
Él les contestó:
—Dadles vosotros de comer.
Ellos replicaron:
—No tenemos más que cinco panes y dos peces, a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.
Porque eran unos cinco mil hombres.
Jesús dijo a sus discípulos:
—Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.
Lo hicieron así, y todos se echaron.
Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirviesen a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.


El evangelio de hoy comienza explicando que Jesús enseñaba y curaba a la gente. Toda la vida de Jesús fue un regalo, hasta terminar regalándose del todo en la cruz. También el gesto de la multiplicación de los panes y los peces es signo del regalo de la propia vida de Jesús. Pero no lo hace él solo. Veamos:

Los discípulos son prácticos; se hace tarde y le indican a Jesús que la gente tendrá que buscarse comida y un lugar para pasar la noche. Pero les pilla de improviso la respuesta de Jesús: «Dadles vosotros de comer». Esta frase tiene fuerza, no sólo para los discípulos de entonces, sino porque nos la dirige Jesús también a nosotros hoy: «Dadles vosotros de comer». ¿Pero cómo? ¡con las necesidades que hay en el mundo! ¿Cómo vamos a darles de comer nosotros?

El resto del relato está lleno de símbolos que nos intentan explicar ese «cómo»: Jesus toma el pan, lo bendice, lo parte y lo reparte; igual que hará en la última cena y con los discípulos de Emaús; igual que hacían los primeros cristianos cuando se reunían «el primer día de la semana», cuando todavía no se llamaba «domingo»; igual que hacemos los cristianos hoy cuando celebramos la eucaristía.
El milagro que nos narra Lucas significa mucho más que un simple gesto de poder maravilloso; no es que Jesús se haya montado un catering. Jesús ha saciado a la multitud con el alimento que los discípulos tenían reservado para ellos. ¿Y si se lo hubieran escondido? ¿Y si no hubiesen querido compartirlo? Tenían motivos objetivos muy razonables: con 5 panes y dos peces no se puede alimentar a cinco mil, es lógico, la gente lo hubiese entendido.

La enseñanza de esta lectura es tan radical que hasta asusta: «Dalo todo por Jesús, y él hará el milagro de multiplicar lo que tú ni te imaginas». Más aún, no es una enseñanza dirigida al cristiano en solitario, sino a la comunidad, a toda las Iglesia: «Dadlo todo por Jesús, no os reservéis nada». ¿Seremos capaces de confiar en Jesús de forma tan definitiva y radical?

domingo, 30 de mayo de 2010

Domingo: La Trinidad

Juan 16, 12-15

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
—Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo, hablará de los que oye y os comunicará lo que está por venir.
»Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.

«En cierta ocasión en que san Agustín se hallaba en África, mientras iba paseando por la orilla del mar meditando sobre el misterio de la Trinidad, se encontró en la playa con un niño que había hecho un hoyo en la arena con una pala. Con la pala recogía agua del mar y la derramaba en el hoyo. San Agustín al contemplarlo se admiró, y le preguntó qué estaba haciendo. Y el niño le respondió: “Quiero llenar el hoyo con el agua del mar”. “¿Cómo?” dijo San Agustín, “eso es imposible, ¿cómo vas a poder, si el mar es grandísimo y ese hoyo y la pala muy pequeños?”. “Pues sí podré”, le contestó el niño, “antes llenaré el hoyo con todo el agua del mar que tú comprendas la Trinidad con el entendimiento”. Y en ese instante el niño desapareció."»

Cuando hablamos de Dios, hemos de reconocer que lo conocemos sólo en parte. Si en las relaciones entre personas, nunca nos llegamos a conocer del todo, y siempre podemos sorprendernos, más aún sucede si queremos hablar de Dios.
Dios es un amor que siempre nos supera, que siempre nos sorprende. Tan sólo podemos atisbar, intuir un poco quién es y cómo es.
Dios ha querido mostrarse, revelarse, ha querido que lo conociésemos. Sólo por eso podemos tener la osadía de decir algo sobre él, porque él mismo se nos ha manifestado a las personas a través de Jesús como Dios uno y trinidad.

Jesús nos habló del Padre, origen de la creación, origen del Amor, origen de él mismo. Nos dijo que el Padre nos amaba, que desde el principio todo lo hizo por nosotros, que hasta le envió a él por nuestra salvación.
Para los cristianos, creer en Dios Padre no es una cuestión de filósofos, significa que todo tiene sentido, que el universo tiene sentido, que mi vida tiene sentido, que todo está basado en el amor. el mundo existe y las personas existimos por amor, por un amor tan grande e inmenso que es imposible de imaginar.

Los cristianos descubrimos en Jesús que Dios mismo vino a visitarnos. Que, siendo un hombre como nosotros, era también Dios mismo. Que Dios quiso hacerse uno de nosotros para nuestra salvación, para enseñarnos el camino del amor, de la felicidad auténtica. Él nos mostró con palabras y con su vida cómo es este camino: entrega pura, donación total, confianza y esperanza hasta el final.

También nos habló de Jesús del Espíritu Santo, que habita en nosotros. Porque Dios mismo está dentro de nosotros, más dentro que nosotros mismos. Decía también san Agustín que él buscaba a Dios fuera de sí mismo, y que lo encontró dentro de sí.
El Espíritu Santo es la fuerza de Dios que nos hace crecer,que nos hace caminar por la vida, que nos da esperanza y energía para seguir adelante. Dios es tan inmenso que nos supera, pero a la vez nos quiere tanto que se hace íntimo a nosotros.

Después de todas estas palabras sobre Dios, sólo podemos decir humildemente que sabemos muy poco sobre él. Pero quizá sí sepamos lo más importante: él viene a nuestra vida y nos dice: «Te quiero». El Dios inmenso y poderoso, uno y trino, creador del universo, viene a nosotros y nos susurra: «Te necesito.» «Quiero que vivas feliz.» «Quiero que creas en el amor.» «Deja que me quede contigo y verás cómo tu vida se transforma.»
Dios todopoderoso es capaz de quedarse a las puertas del corazón pidiéndonos permiso para entrar:
¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el Ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, Hermosura Soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

(Lope de Vega)

domingo, 23 de mayo de 2010

Domingo: Pentecostés

Hoy, día de Pentecostés, traemos un comentario de la primera lectura, en vez del Evangelio, porque narra el suceso de la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia con estilo simbólico y sugerente.
Hechos de los Apóstoles 2,1-11

Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:
—¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oye hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.

Según nos lo cuenta Hechos, al principio estaban todos juntos, reunidos, los discípulos y amigos de Jesús. Se apoyaban mutuamente, rezaban juntos, compartían su tiempo, recordaban a Jesús.
Pero todavía no habían salido a anunciar al mundo el Evangelio, la buena noticia. Jesús les había enviado a predicar, pero antes debían esperar el don de Dios, el regalo de Dios.

La lectura describe la llegada del Espíritu con imágenes impactantes: el ruido del viento, lenguas como de fuego sobre sus cabezas, predicación en múltiples lenguas a todos los pueblos... Son símbolos. No debemos pensar que aparecieron físicamente unas llamas voladoras, ni que les chamuscaron la coronilla a los Apóstoles y sus compañeros.
No hay que leerlo literalmente, sobre todo por una razón: A nosotros nunca nos ha pasado que vengan llamas del cielo sobre nuestras cabezas, ni nos hemos puesto a hablar en inglés, francés o alemán así de repente, sin estudiar ni nada. Si lo leemos literalmente sería tan sólo una escena pintoresca del pasado, que no tendría que ver con nosotros.
Pero no, lo que les sucedió a los Apóstoles y demás discípulos es lo mismo que le sucede a todo cristiano. Las primeras comunidades recibieron el regalo de Dios, el Espíritu Santo. Todos los cristianos recibimos el Espíritu en el bautismo, en la confirmación, incluso en cada eucaristía se invoca al Espíritu sobre la comunidad reunida.

¿Qué hizo el Espíritu en los primeros discípulos? Les dio valentía, les dio fuerza y valor para anunciar, para predicar. Antes estaban ellos juntos, pero sin salir al mundo. El Espíritu les empujó con fuerza a cumplir a misión que Jesús les había dado. También a nosotros el Espíritu nos da la fuerza para cumplir con nuestra misión de cristianos. Estamos llamados a vivir como cristianos en todas las circunstancias de la vida: en la familia, en el trabajo, en los estudios, con los amigos, en voluntariados, aficiones, etc.
Pero no siempre es fácil. A veces ser cristiano está mal visto, a veces es cansado, a veces cuesta ser fiel al mensaje de Jesús. A veces es más cómodo no ser honrado, no ser sincero, no ser coherente, no ser responsable.
El gran mensaje de Jesús no es que tenemos que esforzarnos en ser perfectos como Dios lo es, en alcanzar a Dios (¿recordamos la torre de Babel?). El gran mensaje es que Dios mismo se ha esforzado para venir a nosotros. Nos ha dado a su Hijo; y su Hijo nos dio toda su vida, por amor, hasta morir en la cruz; resucitó y nos da nueva vida a todos. Y por último, Dios nos regala su Espíritu, se regala a sí mismo, y habita en nosotros.
Nos dice la lectura que «se llenaron todos de Espíritu Santo». El Espíritu Santo es Dios mismo que llena nuestras vidas, que se da todo, que nos ama, que nos quiere dar su fuerza para ser cristianos, su alegría ante la vida.
Dios ama apasionadamente a la humanidad y quiere comunicar su amor a todos los hombres y mujeres. Dios se nos da del todo, esperando que nosotros, si queremos, lo acojamos.

El Espíritu viene y transforma nuestra vida. ¡Pero atención! ¿Cómo actúa el Espíritu Santo?
En una ocasión, un chico que acababa de recibir la confirmación, comentaba que su catequista le había dicho que el Espíritu le iba a transformar por dentro, pero que él, en el momento de la confirmación, no había sentido nada. Quizá se imaginaba una especie de energía, eléctrica o mágica, que lo inundase, como un cosquilleo o emoción; quizá recordaba la escena de la Biblia, con el viento recio y las llamas de fuego. Quedó desilusionado porque esperaba que Dios actuase como se actúa en los espectáculos, de forma inmediata, evidente, clara, sorprendente. Pero el Espíritu Santo actúa como en la vida real.
—Tú eres ahora un joven —, le dije—, y tu cuerpo está creciendo.
—Sí, claro.
—¿Lo notas en este momento?
—Pues no.
—Y sin embargo es verdad. Y no sólo tu cuerpo, también tu mente se está haciendo adulta poco a poco, vas aprendiendo cosas, vas creciendo, vas cambiando. ¿Lo notas en cada momento?
—No.
—Pero no deja de ser cierto. Dentro de nosotros mismos, de nuestro cuerpo, de nuestra alma, pueden pasar muchas cosas que no notamos, pero que son reales, y a la larga son las definitivas, porque definen nuestra vida.
Así actúa el Espíritu, como una ayuda, una fuerza, una energía real que nos inunda, pero que no se deja ver. Sólo a la larga podemos constatar que realmente ha estado ahí, actuando, transformándonos, enriqueciéndonos.

El mensaje de la fiesta de hoy nos ha de llenar de ilusión. El cristianismo es una forma de vida distinta, nueva alternativa a lo que nos suele presentar la sociedad. Cree en el amor, en la esperanza, en la fe, cree profundamente en el ser humano, porque el ser humano, si quiere, está lleno de Dios, lleno de su Espíritu.
No podemos callarnos este mensaje tan inmenso, estamos llamados a anunciarlo y a vivirlo con intensidad para que los demás nos vean y puedan decir: «Mirad cómo se aman: ¡son cristianos¡».

domingo, 16 de mayo de 2010

Mensaje del Papa en el día mundial de las comunicaciones sociales

Aunque no se trata de un tema bíblico, adjunto aquí la referencia al mensaje del Papa Benedicto XVI para la jornada mundial de la comunicaciones sociales. En él anima a los cristianos a estar presentes en los nuevos mundos y modos de comunicación entre personas. Es uno de los objetivos importantes de esta web.

La Ascensión: Entre el cielo y la tierra...

Lucas 24, 46-53

Dijo Jesús a sus discípulos:
—Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Y vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.
Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.
Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Celebramos hoy la solemnidad de la Ascensión de Jesús, como culmen de todo su camino por el mundo.
Jesús ha vivido por tierras de Palestina, ha pasado por pueblos, aldeas y ciudades anunciando el Evangelio, ha manifestado el Reino de Dios con sus curaciones, ha reunido a su alrededor una comunidad (no sólo un grupo) de discípulos, y los ha instruido. Jesús ha hecho todo esto para cumplir la voluntad del Padre, que lo envió; se ha implicado a favor de los más débiles, ha criticado en voz alta a los opresores, ha acogido a los pecadores y marginados a la vista de todos. Jesús no ha vivido al margen de su sociedad y de su tiempo; se ha comprometido con toda su persona, sus enseñanzas, sus actos poderosos y también sus actos simbólicos (recordemos la expulsión de los mercaderes del templo, que tantos problemas le causó). No vivió aislado, él y su doctrina, como un sabio o un ermitaño. Jesús amó profundamente a la humanidad, pero no con un amor abstracto y general: amó profundamente a su pueblo, a los que sufrían; los veía «como ovejas sin pastor». Hasta se implicó afectivamente, se le conmovían las entrañas de cariño por aquellas gentes a las que veía sufrir.
Y finalmente sufrió con ellos y por ellos, hasta dar la vida, toda la vida, amando incluso a sus enemigos y perdonándolos. Su vida acabó en el acto más grande de amor, en la cruz, ajusticiado como un delincuente.
Este camino de la vida de Jesús, visto desde fuera, acabó en fracaso. La conclusión aparente es que no vale la pena entregarse por amor, no vale la pena amar tanto.
Pero el Padre Dios intervino resucitando a Jesús de entre los muertos, y levantándolo al cielo. Ésta fue la gran experiencia de los primeros cristianos: las mujeres que habían acompañado a Jesús, los apóstoles, los más cercanos a él. Fue una experiencia inesperada e imposible de inventar. Jesús vivía, estaba vivo de una forma distinta, nueva y plena. El mismo Jesús que ellos habían conocido, ahora se les manifestaba como el Señor resucitado. Por tanto, la vida, el amor y la entrega de Jesús no habían sido un fracaso, a pesar de todas las apariencias. Dios mismo había intervenido a favor de su Hijo.
Los cristianos creemos, por tanto, que a pesar de las apariencias, la vida de Jesús sí tuvo sentido; entregarse por amor tiene sentido; dar la vida tiene sentido.
Jesús nos muestra el camino de su vida y nos dice: «Seguidme», «amad como yo», «venid detrás de mí, con vuestra cruz de cada día», «dad la vida como yo».
Pero, ¿cómo podemos nosotros, con nuestras imperfecciones y nuestras mediocridades, nuestras luces y sombras, seguir el camino del amor pleno que Jesús recorrió? No podríamos si estuviésemos solos, pero Jesús no nos deja abandonados, nos promete el Espíritu Santo, la fuerza de Dios que nos ayuda a vivir en plenitud el Evangelio.
La solemnidad de la Ascensión nos recuerda que nos movemos siempre entre el cielo y la tierra. En el cielo, en Dios, tenemos nuestra esperanza y nuestro futuro; en la tierra, en la vida presente, tenemos nuestro trabajo y nuestro camino que recorrer como hizo Jesús.
No podemos olvidarnos de la tierra y desear sólo el cielo, porque entonces Dios nos dice: «¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?» El cristianismo sería una religión para personas que viven fuera de este mundo. La gente nos miraría y no nos entendería, no seríamos ningún testimonio para ellos.
Tampoco podemos olvidarnos del cielo, de Dios, y vivir sólo para la tierra, porque entonces podríamos hacer muchas cosas, pero acabaríamos exhaustos sin saber por qué las hacemos, sin recordar que es Dios el que nos envía y nos da la fuerza, que es él quien construye el Reino.
Vivamos por tanto esta difícil tensión, este delicado equilibrio de «estar en el mundo sin ser del mundo». Impliquémonos intensamente en las necesidades del mundo, en la construcción del Reino de Dios, pero no perdamos de vista la meta, la esperanza de la intervención definitiva del Dios que es amor, vida y salvación.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Orar con el Salmo 21 (3)

Sorprende el final del salmo 21. Después de la descripción angustiosa de la tragedia del justo perseguido, acaba con una explosión de alegría y esperanza.
El Señor es el único que no ha sentido desprecio ni repugnancia ante aquel que era un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, ante quien se vuelve el rostro. El Señor ha escuchado, el Señor ha respondido.
Salmo 21 (III)

Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel.
Porque no ha sentido desprecio ni repugnancia
hacia el pobre desgraciado;
no le ha escondido su rostro:
cuando pidió auxilio, lo escuchó.

Él es mi alabanza en la gran asamblea,
cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan:
viva su corazón por siempre.

Lo recordarán y volverán al Señor
hasta de los confines del orbe;
en su presencia se postrarán
las familias de los pueblos.
Porque del Señor es el reino,
él gobierna a los pueblos.

Ante él se postrarán las cenizas de la tumba,
ante él se inclinarán los que bajan al polvo.

Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá,
hablarán del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer;
todo lo que hizo el Señor.

La alegría no se centra en el salmista, como había hecho el dolor. Antes el orante se fijaba en sí mismo y en su sufrimiento, ahora no le basta la intimidad con Dios en soledad, quiere hacer partícipes a todos de su canto de alabanza a Dios. Primero llama a los fieles del Señor, al linaje de Israel. Después proclama ante la gran asamblea que Dios le ha salvado.
No se queda contento y llama también a los confines del orbe, a las familias de los pueblos.
Aún le sabe a poco, e invoca hasta las cenizas de la tumba, para que se unan en su adoración.
¿Ya están todos convocados? No. Todavía falta llamar a las generaciones futuras. Los que a´n no han nacido están ya adorando a Dios a través del salmista que Dios ha rescatado. El orante no se contenta con poco; no se detiene hasta que la última mota de polvo del universo haya oído el anuncio de salvación.
¿Nos conformaremos nosotros con menos?

sábado, 1 de mayo de 2010

Domingo 5 Pascua: Locos de amor

Jn 13, 13,31-33a.34-35

Tan pronto como Judas salió del cenáculo, Jesús dijo:
—Ahora ha sido glorificado el hijo del hombre y Dios en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios lo glorificará a él y lo glorificará en seguida.
»Hijos míos, voy a estar ya muy poco con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así también os améis unos a otros. En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros.

Jesús, en la última cena, dirige a sus discípulos varios discursos muy personales y profundos. Poco después tendrá lugar la pasión y la muerte; ésta es su última oportunidad de educar a sus seguidores, a aquellos que, a pesar de sus fallos y pecados, van a ser los principales anunciadores del evangelio.
Juan relata estos momentos en forma de discursos, y en ellos encontramos el pasaje hermoso que leemos hoy.

La primera frase, aunque lo parezca, no es un trabalenguas. Supone un descubrimiento radical (de raíz) ante la cruz. La realidad aparece absurda ante los ojos, Jesús fracasó totalmente, o al menos eso pensó todo el mundo cuando lo crucificaron. El evangelista escribe después de la resurrección, y sabe que la cruz no fue el fracaso, sino la victoria, que no fue una deshonra, sino la gloria, que no una muerte más de un inocente, sino la entrega voluntaria de un amor que todo lo puede, todo lo inunda y todo lo desborda.
Por eso habla de “glorificación”, porque está a punto de narrar la pasión, y hay que darle claves al lector para que entienda qué está sucediendo ahí: que Jesús se entrega, que Dios se regala, que el amor lo puede todo.

La segunda parte del mensaje de Jesús es más sencillo de entender: Amaos como yo os he amado. Ése debe ser el distintivo del cristiano, o mejor (porque lo dice en plural) de la comunidad cristiana.
Aunque hay un detalle que suele pasarnos desapercibido. Solemos recordar el “mandamiento del amor” de Jesús, y lo parafraseamos diciendo: “que os améis unos a otros”, pero se nos olvida el “como yo os he amado”. ¿Es un detalle sin importancia? Quizá no. En un mundo como el que vivimos, en el que la palabra “amor” puede servir para expresar tantas cosas y tantas ideas, incluso contrarias entre sí, los cristianos le damos un significado propio: amar es hacer lo que Jesús hizo, dar la vida totalmente por los demás, hasta por sus propios enemigos...
Me he encontrado a veces con personas que aseguraban que es imposible amar a los enemigos, que como mucho se les puede tolerar. Es una idea que nos debe hacer pensar. Jesús fue capaz hasta de perdonar a los que lo crucificaban; entregaba su vida por toda la humanidad, buenos y malos, sin pedir nada a cambio. San Pablo nos recuerda que la prueba de que Dios nos ama es la entrega de Jesús hasta la muerte siendo nosotros pecadores.
Visto desde ésta óptica, el mandamiento de Jesús es una exigencia utópica. Quizá estamos demasiado acostumbrados a entender los mandamientos como prohibiciones u obligaciones concretas: “no mates”, “no robes”, “ve a misa”. Quizá el mandamiento de Jesús sea un camino largo, un horizonte lejano; quizá exprese su visión de la Ley de Moisés, como explicaba en el Sermón de la Montaña; para Jesús los mandamientos no están para cumplirlas como si fuesen un libro de instrucciones, sino para vivir en profundidad las actitudes que indican en el fondo. No basta con no matar, es necesario amar con intensidad la vida, la propia y la de los demás; no basta con no robar, hay que evitar la envidia y alegrarse de corazón del bien que le sucede al otro, aunque no nos caiga bien; no basta con no ser adúltero, hay que hacer de la fidelidad nuestra una forma de vida.
Todo ello se resume en el mandamiento del amor, pero no de cualquier amor, sino del amor “como Jesús”, radical, intenso, apasionado, profundo. Un amor capaz de quemarse, de gastarse totalmente, de entregar todas las energías, tiempo y esfuerzos. Un amor que cualquier persona sensata calificaría de “imposible”, si no fuese porque Jesús mismo ya ha ido por delante para mostrarnos el camino. Quizá para seguir a Jesús no haya que ser tan “sensato”, quizá haya que estar un poco “loco”, loco de amor.

miércoles, 28 de abril de 2010

Orar con el Salmo 21 (1)

“Dios mío, Dios mío. ¿Por qué?”
Escuchar el principio del salmo 21 es acoger los gritos de dolor del mundo, la desesperanza, el sufrimiento, la angustia. Es escuchar a Cristo en la cruz, y en él, a los millones de cristos que sufren. Escuchar el salmo, soportar el salmo, es también solidarizarse hacer propio el grito, el dolor, la angustia; es dejarse tocar por la realidad doliente de nuestro mundo.
Salmo 21 (I)

Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?
a pesar de mis gritos,
mi oración no te alcanza.
Dios mío, de día te grito, y no respondes;
de noche, y no me haces caso;
aunque tú habitas en el santuario,
esperanza de Israel.

En tí confiaban nuestros padres;
confiaban, y los ponías a salvo;
a tí gritaban, y quedaban libres;
en tí confiaban, y no los defraudaste.

Pero yo soy un gusano, no un hombre,
vergüenza de la gente, desprecio del pueblo;
al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
"acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere".

Tú eres quien me sacó del vientre,
me tenías confiado en los pechos de mi madre;
desde el seno pasé a tus manos,
desde el vientre materno tú eres mi Dios.
No te quedes lejos, que el peligro está cerca
y nadie me socorre.

Todos tienen alguna esperanza, nadie puede vivir sin al menos un destello de vida, un recuerdo. El salmista vuelve su mirada desconcertada al pasado y le dice a Dios: “¿Lo ves? ¡A nuestros padres los rescatabas! Ellos gritaban a ti, ellos confiaban en ti…”
Las cosas parecen haber cambiado, ¿dónde, dónde está Dios? ¿Dónde estás, Dios? En mi pequeñez, en mi nada, en mi “ser un gusano” no te veo, no apareces, no te siento, no me salvas…
El recuerdo se vuelve entonces más cercano, más doloroso: “Si yo mismo, al nacer, ya te pertenecía. ¡Si antes de nacer ya eras mi Dios! No entiendo tu lejanía, Dios, no te entiendo.”
Meditemos este salmo despacio, sin pretender entenderlo, sin darle respuestas de libro, sin recetas. Ante el dolor no valen las recetas. Pongámosle rostro al sufrimiento, oigamos los gritos de este mundo. Sumerjámonos en el salmo y descubramos entre líneas que el salmista, aunque ni él mismo lo sepa, también confía en Dios, de lo contrario no le rezaría.

martes, 27 de abril de 2010

¡www.bibliayvida.com cumple dos años!


¡Dos años ya!

Y parece que fue ayer cuando me embarcaba en la aventura de compartir la riqueza del libro más influyente de la historia, la Biblia.

Los comienzos fueron humildes, con apenas un blog en el que colgar curiosidades bíblicas; allá quedaron algunos de símbolos del Apocalipsis, algunos objetos cotidianos, algunas palabritas con cierta miga...
El año paulino nos llevó a dedicarle unas cuantas entradas a este poderoso personaje del nuevo Testamento, del que siempre podemos aprender tanto, algunas incluso con polémica incluida. Pablo era todo un carácter, y eso también se nota en sus escritos.
Ha habido ocasión para recomendar libros, no muchos por ahora, pero siempre en alza. Hoy en día se está publicando mucho en castellano, y a muchos niveles, también de divulgación. No hay cristiano que tenga excusa, si quiere conocer mejor la Biblia, tiene materiales para ello, sólo nos queda dedicarle tiempo... ¡Ay, el tiempo!
Por último, algunos salmos han enriquecido también esta página.
Los comentarios al evangelio dominical han sido, sin embargo, las entradas más constantes. En general breves textos que pretenden actualizar el mensaje siempre nuevo de textos escritos hace casi dos milenios.
Todo esto aderezado por los comentarios de los lectores, vuestros comentarios, que le han dado una vida muy especial a esta página.

La palabra que me viene a la mente, después de dos años, es Gracias. Gracias con mayúscula a muchas personas que han hecho realidad este proyecto.
Gracias ante todo a Dios, que decidió crearnos y comunicarse con nosotros en nuestro propio idioma, y hasta venir a visitarnos hecho uno de nosotros.
Gracias a los autores bíblicos, que tuvieron la profundidad espiritual suficiente para escuchar la llamada de Dios a una misión única que ni ellos (y ellas) mismos sospecharon.
Gracias también a todos los que han hecho posible que alcanzase mi sueño de estudiar la Biblia. No podría haberlo hecho sin el apoyo y el esfuerzo de muchos hermanos.
Gracias a mis profesores y profesoras, siempre estimulantes con sus observaciones.
Y Gracias por fin a vosotros, lectores y lectoras, que con vuestras visitas, comentarios y aportaciones hacéis de este proyecto una realidad viva.

Dos años, más de 11.000 visitas, más de 180 entradas, decenas de comentarios, y un gran futuro por delante. ¡GRACIAS!

sábado, 24 de abril de 2010

Domingo 4 Pascua. Escuchar a Jesús y seguirlo

Juan 10, 27-30

En aquel tiempo, dijo Jesús:
—Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno.

El Evangelio de Juan está construido como un doble juicio: los judíos quieren condenar a Jesús, pero al final es Jesús el que condena al mundo. En el breve texto de hoy encontramos un careo, una respuesta de Jesús ante las acusaciones.
(Hay que tener en cuenta que cuando Juan habla de «judíos», se refiere a las autoridades judías que se opusieron a Jesús, y no a todos los judíos, ya que Pedro, María y el mismo Jesús eran también judíos. Esta palabra se explica porque cuando se escribe el evangelio, el cristianismo ya se había separado del judaísmo.)

Jesús está en el templo de Jerusalén, en la fiesta de la Dedicación, una de las fiestas religiosas judías, en las que se ensalzaba la importancia del propio templo para la religión judía. Los judíos le rodean y le exigen que se manifieste abiertamente: «Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente.»
En realidad, Jesús no ha hecho otra cosa más que «manifestarse»; ya en el capítulo 2 de este evangelio, se dice que, en la boda de Caná, Jesús «manifestó su gloria». El problema es que los signos que Jesús hace sólo se pueden comprender y aceptar desde la fe, y los judíos que le acusan no creen en él.

Por eso Jesús les responde con una acusación de falta de fe: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis». Los que son de Jesús, sus «ovejas», escuchan su voz y le siguen. Estas dos sencillas palabras: escuchar y seguir, resumen en profundidad la vida del cristiano.

Los cristianos tenemos necesidad de escuchar su voz, de alimentarnos de la Palabra de Jesús, de seguir profundizando en ella toda la vida. La Palabra de Dios, y no es una palabra informativa, como podría ser la de un periódico, o las de este mismo comentario, la Palabra de Dios es creativa y creadora, ilumina nuestra forma de ver el mundo para que lo veamos como lo ve Dios, alumbra nuestra visión y la hace nítida y limpia. Dios está actuando siempre en el mundo, pero lo hace como Jesús lo hacía, con signos que sólo eran accesibles a los que aceptaban su mensaje. No hay nada en la historia que «se le escape» a Dios, aunque haya tantas realidades incomprensibles, tantos acontecimientos desagradables. No significa esto que Dios quiera el sufrimiento, todo lo contrario, pero él tiene la fuerza suficiente (la fuerza del amor) para transformarnos y hacernos mejores incluso a través del dolor, por incomprensible que parezca.
A pesar del poder de Dios para transformarnos, nos deja la libertad de aceptar su gracia o rechazarla. Por eso los cristianos debemos vigilar constantemente nuestra «comodidad», la facilidad que tenemos para «aburguersarnos», para quedarnos instalados en «lo de siempre», y no salir de nuestra tierra, como Abraham.
La lectura, meditación y oración de la Palabra de Dios es un medio necesario para los cristianos, y mucho más hoy en día, en que recibimos constantemente mensajes, ideas y propuestas de vida y de sentido que no se ajustan al evangelio de Jesús.

Pero con leer, meditar y rezar no basta. Por eso Jesús añade que hay que seguirlo. Él dejó muy claras sus opciones cuando entregó hasta su propia vida por amor a todos los hombres y mujeres, hasta por los que no conocía, e incluso por aquellos que pedían su muerte y la ejecutaban. Él entregó su tiempo, su dinero, su dedicación, a todos aquellos que lo requerían. Se dedicó a enseñar, a curar, a acoger, a compartir. Y nos pide ahora que sigamos sus huellas, que le acompañemos en este camino apasionante de transformar nuestra vida en un don para todos.

No estamos solos en nuestro caminar, Jesús promete su ayuda, su presencia, su gracia. Nadie podrá arrebatarnos de su mano, de su lado, de su compañía. El camino del cristiano es alegre y lleno de vida plena. A pesar de las dificultades y la cruz, que posiblemente hemos subrayado demasiado durante siglos, el cristiano y la cristiana son personas que abrazan la vida apasionadamente, que la exprimen en profundidad, como Jesús mismo hizo, y que comparten a raudales la alegría y el amor que Dios mismo les da.